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Te esperé toda mi vida.
Te anticipaba entre las líneas de mis poemas preferidos.
Te tanteaba en sueños y te extrañaba en medio de mis insomnios a las tres de la mañana,
porque sabía que debías estar en algún otro sitio, a esa misma hora.
Y no estabas a mi lado.
Te odiaba, porque sin ti los cafés sabían amargos,
aunque le vertiera el tarro de azúcar, entero, dentro.
Y porque sabía que en tu compañía, sabrían dulces incluso sin azúcar.
Siempre he fumado demasiado, sobre todo en invierno.
Y estaba segura, que te enamorarías incluso de mi manera de fumar.
Pero cada calada que le he dado a mis cigarros,
eran besos que debías haberme dado.
Amaba el invierno,
pero sin ti siempre hacía demasiado frío,
y no valía la pena que se me congelara la nariz,
si no tenía tu cuello para hundirla.
Cariño, otra cosa que debes saber,
es que incluso antes, la cama era inmensa.
Porque el vacío en mi pecho, le confesaba a mi piel,
que la tuya no estaba ahí y le hacías falta.
A veces, todos los espacios me decían que no estabas
incluso si saber que eras tú, quien iba a rellenarlos.
Te conjeturaba, te visualizaba en mi mente.
Pero ninguna de todas las formas en las que te imagine, se compara contigo.
No imaginé que tendrías una nariz encantadoramente perfecta,
que encajaría justo en mis caprichos,
ni unos ojos como el café en las mañanas.
Me tomaron por sorpresa los hoyuelos que se te marcan al sonreír.
Y no esperé que se convirtieran en una imagen que me obligaría a sonreír a mitad del día,
de solo recordarlos.
Tampoco preví tus clavículas,
o tu cuello,
o el lóbulo de tu oreja,
que me hacen morderme el labio cuando los recuerdo.
Pero lo peor,
fue que no preví, que llegarías con andar relajado, y expresión despistada,
y te apoderarías de mí corazón, sin esfuerzo alguno.
Y reemplazarías la escarcha por flores,
y las lágrimas por risas.
Y los huecos, por tu presencia.
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