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-¿Cómo vas paloma?-
Su voz sonaba como una ventisca que amenazaba con tirar mi refugio abajo,
dejándome sin defensas. Y con el cuerpo desnudo, listo para que lo hiriera.
-Bien- mentí una vez más.
Y dejo de hablar. Y la calma regresó y todo volvió a estar mejor.
Siempre preferí la llovizna constante de mi tristeza, antes que las ráfagas devastadoras de su presencia.
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