Todavía recuerdo el día que me enamoré de él.
Eran cerca de las cuatro de la mañana, íbamos de un remis.
Cada uno a su sitio. Cada uno a su cama.
Sentía una cosquilla en el pecho. En los pulmones, en el corazón.
Y se enredaba en mi traquea, quería escaparse, deslizarse hasta mis labios,
para escurrirse y decirle algo. Pero me trague la enredadera que había germinado.
Y entonces lo miré.
Fue un instante.
Mis ojos se clavaron en él, y sentí que el tiempo se frenó.
No existía nada más en ese momento. Sólo él.