Mi piel era fría, sí, muy fría.
La brisa marina me congelaba.
Lo sé, sólo porque era un hecho lógico.
También, porque mis amigas temblaban.
Pero yo realmente apenas y lo sentía.
Porque estaba tan fría por dentro, que no notaba la diferencia,
entre lo que sentía en mi pecho y afuera.
Todo era lo mismo.
Una homogeneidad frustrante.
No llegaba a poder sentir ni una chispa de vida.
Nada se encendía dentro de mí,
todo seguía oscuro, triste, decrepito.
No había calor, ni luces, ni alegría.
Era un rincón olvidado, un rincón amohosado,
lleno de polvo, con pequeñas arañaras yendo y viniendo,
de un lado a otro, tejiendo,
intentando hacer de ese rincón,
un lugar un poco menos horrible.
Pero ellas eran como yo.
Nadie lograba ver más allá de lo que parecían ser.
Tristeza.
Sólo algunos, son realmente capaces de entender,
todo lo que guarda esta palabra, detrás de sus letras.
Y yo soy parte de ellos.
